
El brazo mecánico del sepulturero arrojó el último cadáver a la fosa y comenzó a cubrir los restos con paladas uniformes y rítmicas.
Observando al robot bajo la fría y persistente lluvia de agosto, el sacerdote se preguntó por enésima vez si valía la pena continuar con su trabajo allí. Un relámpago deslumbró por un momento su cavilar y levantó la vista hacia el cielo revuelto. Las nubes se amontonaban en un verde oscuro de extraña belleza.
A su manera, todo era extraño y bello en esas tierras desconocidas. Existía allí un factor de virginidad y pureza como no había visto en ningún otro planeta que le hubiera tocado convertir. Pero también en todo lo puro, pensó el sacerdote, en todo lo intacto, en todo lo inocente, habitaba la semilla de lo salvaje. Y lo salvaje era un sinónimo de malignidad que debía ser erradicado. La Iglesia lo había enviado allí con una misión tan precisa como sagrada. Por lo tanto, no debía cuestionarse.
Se sacudió el agua del sombrero y caminó con paso resuelto por entre las fosas recién cubiertas. El cementerio se había improvisado en la cima de una colina boscosa al norte del poblado, en un lugar discreto y alejado de las miradas suspicaces. Al iniciar la primer fase de conversión, por lo general, los ancianos eran los primeros en morir. No era extraño que el Virus se ensañara con esos cuerpos malgastados, y aunque también había excepciones, toda una vida de oscuridad y paganismo se pagaba caro. Una vez liberado, el Virus se propagaba a la velocidad de la luz, convirtiendo a aquellos que estuvieran preparados para abrazar la Fe y lisiando o matando a los que no. Era un sistema perfecto que se venía usando desde los cambios introducidos por el Papa Raddán Segundo y que le había reportado a la Madre Roma más de setecientos planetas fieles y libres. Gracias al Virus se habían terminado las guerras. La última de ellas, iniciada por la Humanidad contra una raza despiadada llamada Neo-Farisea, fue una absurda exhibición de crueldades que duró más de cincuenta años, pero según los libros de historia, ya habían trascurrido tres siglos desde entonces.
Tres siglos de paz que cubrieron como un manto a todos los planetas conocidos. Y la Madre Roma continuó creciendo, propagando la Fe por todos los rincones del Universo tal cual como se anunciaba en el Libro Primero.
El sacerdote descendió por un serpenteante caminito de piedra en dirección al pueblo, llegó al recodo de un arroyo y se levantó decorosamente la sotana para elegir que piedras pisar y cuales no. La lluvia se había convertido en una fina llovizna, y sobre el oeste, sobre un horizonte gris verdoso, un pequeño sol descendía sobre los árboles como un ojo enfermo.
En este planeta las cosas habían resultado diferentes, se dijo el sacerdote, había en él un misterio que no lograba desentrañar.
La mortandad de los ancianos era esperable, y en éste caso, el proceso había durado alrededor de una semana desde su llegada, cuando había efectuado el ritual del incienso ante los ojos de los curiosos y en donde había liberado el Virus. Pero para esos pobres diablos no se trató de una muerte inocua y silenciosa, sino atroz. Levantaron fiebre, fueron presa de dolores, se llenaron de manchas rojas en el cuerpo, luego las manchas se trasformaron en llagas y pústulas. Los agonizantes murieron en medio de convulsiones y vómitos, con los ojos desorbitados y los dedos crispados.
El sacerdote adoptó una expresión mortificada.
Eso no era lo que la Madre Roma había dispuesto.
Como dando respuestas a sus inquietudes, un objeto blanco y luminoso aleteó desde la bruma gris y se posó en su hombro.
—Ah. Espíritu 55, eres tú. ¿Cuáles son las novedades?.
El pájaro abrió el pico y desde su interior brotó una granulosa voz de gramófono.
—Las novedades son muchas y no muy alentadoras, Padre Jacob. Según los análisis enviados al templo Lunar, el Virus ha mutado y se ha trasformado en un émulo de la viruela particularmente letal. En el sector Noroeste, la mortandad ha subido hasta el cuarenta por ciento. Además de los ancianos, pobladores adultos y fuertes han presentado los mismos síntomas y ninguno de ellos sobrevivió más de cinco días. También han perecido cientos de niños. Hasta ahora ninguno ha sido convertido a la Fe, por lo que debemos inferir que esta nueva cepa acabará con todos los portadores.
El sacerdote suspiró.
—¿Y qué hay de las demás Catedrales? ¿Sucede lo mismo en el continente del Sur?.
—Hemos perdido el contacto con el Padre Sacarías, pero el último reporte indicaba que sí. El resultado es invariable en todo el planeta.
—Eso quiere decir que hemos condenado sin remedio a esta gente, no solo los hemos infectado sino que les hemos negado la posibilidad de salvar sus almas.
—Dios tiene modos misteriosos, Padre Jacob. La Madre Roma ya está al tanto de esta situación, asimismo se le ordena permanecer en el planeta hasta nuevo aviso.
—¿Pero es que no comprenden la gravedad que esto representa? Debemos detener la propagación del Virus. Si nadie alcanza la conversión, y en cambio todo infectado indefectiblemente muere, ¿qué es lo que estamos haciendo?.
—La Fe no debe cuestionarse, Padre, cuide sus palabras antes que se arrepienta. Recuerde que se le ha otorgado un importante privilegio al permitírsele venir a este planeta.
El pájaro torció la cabeza y contempló a su interlocutor con un diminuto ojo de cristal de mica coloreado en ámbar. Todo lo que el hombre dijera quedaría grabado para su posterior análisis.
—Que así sea —respondió secamente el sacerdote.
—Que así sea —el ave levantó vuelo tan ligeramente como si nunca hubiera estado posado en su hombro. El sacerdote lo observó perderse entre las nubes para continuar con sus exploraciones y registros, no sin un atisbo de envidia.
La noche se empezaba a anunciar y un frío que calaba hondo lo alentó a recluirse en la sacristía de la nave. Apuró el paso y atravezó el claro que separaba el arroyo del poblado con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el barro.
El pueblo no tenía nombre, era una simple aglomeración de casas de madera y piedra con techos de paja alternadas con establos, corrales y cobertizos, más o menos en hilera a cada lado de una calle principal. Más allá no había más que chozas y cabañas desperdigadas sin orden ni concierto, en donde los animales convivían con los lugareños casi en las mismas condiciones de higiene y desarrollo.
Al final de este nudo agrícola semiprimitivo, junto a un sendero que se perdía en un bosque de pinos, el sacerdote había plantado la Catedral. La nave se erguía imponente por encima de todo con sus arbotantes encogidos como las patas de un insecto y sus torres arañando el cielo como dos agujas.
—Bendita sea tu impronta —murmuró, y las mismas palabras actuaron como un bálsamo para su espíritu intranquilo. Buscó el crucifijo que colgaba de su cuello y lo besó.
Más adelante, divisó un bulto amparado bajo la sombra de un alero, una silueta envuelta en harapos que se sacudía por la tos y que temblaba como una hoja. Espoleado por la curiosidad, se acercó y procuró hablar en la tosca lengua del lugar.
—Hermano, ¿qué haces aquí afuera, expuesto al castigo del frío y la lluvia?.
El hombre se descubrió un rostro deformado por las llagas y aferró la sotana del sacerdote con dos manos que eran fuertes como tenazas.
—¡Maldito sea —escupió—, maldito sea para siempre por el daño que nos ha hecho!. ¡Usted y su iglesia infernal han asesinado a mi familia!.¡Ojalá que se pudran!... ¡Ojalá que...
Un fogonazo iluminó por un instante a los dos hombres. Cayeron al barro entrelazados en un confuso abrazo. Luego, muy despacio, el sacerdote empujó el cuerpo inerte y se incorporó con los ojos desorbitados. El mango de plata de un pequeño crucifax desapareció, todavía humeante, en el bolsillo de la sotana.
El sacerdote corrió hacia la Catedral. Estaba mojado, sucio, embarrado, de la misma manera que su alma. Lo que había hecho era aberrante. No escapaba a los modos de defensa de un enviado Romano en un planeta desconocido y hostil, pero era la primera vez que mataba a un hombre, y su desesperación era, por encima de todo, irracional.
Llegó chapoteando a los escalones y dejó huellas de barro al subir por el blanco mármol. Las puertas se abrieron para dejarlo pasar. Cruzó la nave central hacia el presbiterio y sus gemidos retumbaron en las altas bóvedas ornamentadas. Tropezó, avanzó a los tumbos como un borracho, hacia el Gran Sacrificado que colgaba de una enorme cruz de cromo.
Finalmente se arrodilló.
—Perdóname, Padre, porque he pecado.
Se oyó un click, y una monótona música de organillo rebotó por los rincones interiores de la Catedral.
El Gran Sacrificado levantó su plateada cabeza y miró al sacerdote.
—Se lo que has hecho, Jacob. No debes preocuparte.
El sacerdote parpadeó.
— Pero... ¿qué... ?
— El nativo te atacó cuando intentabas ayudarlo. ¿Por qué te mortificas así?.
—Es que.. es que he matado a un hombre.
—Los hombres se matan entre sí desde el principio de los tiempos, y que hay con eso? ¿Acaso no cuelgo yo mismo de una cruz?.
—Lo siento mi Señor... yo no esperaba... es que no comprendo...
El Gran Sacrificado torció los labios y sonrió con indulgencia.
—Pero lo comprenderás, Jacob. Has hecho bien tu trabajo, y tu trabajo forma parte de un plan más grande. Ahora déjame descansar, por favor.
—Pero, Señor... yo...
El rostro de plata cerró los ojos y bajó la cabeza hasta quedar en la misma posición original. La música se fué apagando en un patético fade out y todo volvió a quedar en silencio.
El sacerdote se sintió abatido. Hasta el momento, siempre que había recurrido al Cromo Deux, sus angustias habían sido disipadas como por arte de magia. Pero ahora que su dolor era concreto, las respuestas del Gran Sacrificado le habían parecido vacías y carentes de emoción.
Luego de unos cuantos minutos se levantó y se dirigió hacia el coro, en el otro extremo de la nave, si había alguien que podía aliviar su dolor era el hermano Figueroa.
El único ser humano que había viajado con él aparte de la legión de robots y cerebros interconectados que controlaban la Catedral.
El hermano Figueroa se encontraba sentado en uno de los bancos de madera, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en los intrincados frescos de la bóveda lateral. Su expresión era la de un mártir que ha alcanzado el éxtasis, pero el sacerdote no se dejó engañar. Figueroa era un convertido, y por lo tanto, lo que muchos confundían con reconcentrada meditación era simplemente un estado continuo de babia y fantasías infantiles infundadas por el Virus.
—Hermano Figueroa, necesito que me tome la confesión ahora mismo.
Figueroa lo miró con extrañeza. Salvo para amonestarlo por su incompetencia, u ordenarle tareas operativas, el Padre Jacob rara vez lo solicitaba con tanta urgencia.
—Por supuesto, Padre.
—Muy bien. Esto es lo que tengo que decir... hoy he asesinado a un hombre. Sé que ha sido un acto de cobardía, y sé que no debería haberlo hecho después de mi preparación, pero me asusté... su rostro estaba... pensé que quería... ¡no sé lo que pensé!. Ahora siento que debo pagar por ese pecado. Necesito hacerlo y estar en paz con Dios, Hermano.
Figueroa tenía los ojos abiertos de par en par, pero no emitió sonido.
El sacerdote lo miró y frunció el entrecejo.
—¿Que le pasa?
Figueroa balbuceó unas palabras inaudibles y luego movió la cabeza de un lado a otro. Su mirada era la de un niño al que acababan de imponerle una severa reprimenda.
—Hermano Figueroa, le solicito que me adjudique un castigo. No, no se lo solicito: ¡Se lo ordeno!.
El sacerdote estaba intentando no entrar en cólera pero al ver que el diácono empezaba a verter gruesas lágrimas no pudo remediarlo.
—¡Es usted un inútil!.
Se levantó y se dirigió a su claustro dando largas zancadas y agitando los brazos.
Esa noche durmió mal. Tuvo fiebre y cayó en una nebulosa de pesadillas en donde el mismo hombre cubierto de llagas se le venía encima una y otra vez. Su aliento era fétido como una tumba y en el brillo de sus ojos podía leerse un odio tan profundo como los infiernos estelares.
"Ojalá que se pudran... Ojalá que se pudran... Que se pudran"
Despertó a la madrugada cubierto de sudor y con los miembros agarrotados. A duras penas consiguió lavarse la cara. El contacto con el agua fría le provocó una marea de náuseas tan intensa que se le doblaron las piernas. Vomitó largo rato en el cubículo de los desperdicios, con un hilo de baba amarillenta y espesa cayendo desde la barbilla.
Más tarde se calzó las botas, se envolvió con una manta y caminó pesadamente por la nave central. A sus espaldas, clavado a la enorme cruz de cromo, el Gran Sacrificado continuaba durmiendo con el mentón apoyado sobre su pecho de plata.
El sacerdote le dirigió una mirada torva, pero no se detuvo.
Llegó a una de las enormes columnas centrales y subió los peldaños de piedra que se enroscaban como un caracol hasta el recinto del clavicordio.
Resoplando a causa del esfuerzo, se sentó en el taburete y tocó las teclas del instrumento. La música brotó por los tubos y atronó como un vendaval dentro de la Catedral vacía. Cada nota fue recogida por los complejos oídos de Los Apóstoles; las doce estatuas receptoras encargadas de codificar y enviar todos los mensajes a Roma. Una de las gárgolas de la cúpula exterior torció la cabeza para captar mejor la música y tradujo el mensaje a sus compañeras con el ceño fruncido:
Mensaje urgente para la Madre Roma: Algo ha salido mal en la conversión del planeta 745. El Virus ha mutado en una rara cepa de viruela y todos los infectados están muriendo. Solicito el envío inmediato del antídoto o de lo contrario la misma Iglesia será causante de un nuevo holocausto. Aún no es tarde... repito, aún no es tarde. Todavía hay tiempo de revertirlo.
Habla el Padre Jacob N. Cradford. Nebulosa del Desierto. Planeta 745. Hemisferio norte. Sector 62.
—Está loco si espera una respuesta de Roma —dijo una de las gárgolas.
—Claro que lo está —respondió otra— .¿Acaso no has oído la melodía? ¿Todas esas notas discordantes?
Cerca del mediodía, el Sacerdote comenzó a tiritar. Débil como un anciano, dejó el clavicordio y descendió las escaleras.
Enfiló hacia la pequeña capilla, pero a mitad de camino cambió de dirección.
El cuerpo había comenzado a dolerle de una manera continua y feroz.
La puertas de la Catedral se abrieron de par en par y una colorida explosión de pájaros levantó vuelo desde las escalinatas de mármol.
No llovería más por el resto del día.
Un cielo verde se desplegaba ante sus ojos como un campo colosal y luminoso.
Parado en mitad de los escalones, el sacerdote se miró las manos y parpadeó.
Al principio no comprendió lo que veía, luego, sintió que el corazón le daba un vuelco.
A fin de cuentas, pensó, la ironía era un castigo Divino.
Las llagas sangrantes que se parecían tanto a los estigmas del Gran Crucificado se le revelaron al instante como algo mucho más amargo.
Sin decir una palabra, el Padre Jacob se arrancó el crucifijo y lo pisoteó con una bota todavía embarrada.
27-6-09





















































